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Entrevista a José Manuel Bermudo sobre el Movimiento del 15-M

octubre 4, 2011

Plaza del Sol de Madrid en plenas reivindicaciones.

Hoy en Rupcultura tenemos el placer de publicar la entrevista que le hicimos a José Manuel Bermudo; Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona, profesor de Filosofía Política en la misma; en relación a la situación política y social que se generó a partir de las reivindicaciones del movimiento social del 15-M.

  • ¿Por qué cree que llegamos a este momento de reivindicación escenificado en el movimiento ‘Democracia real YA’ y sus acampadas multitudinarias?

¡No está mal la pregunta!. Saber por qué estamos aquí es algo así como descifrar el sentido de la historia. Con certeza no lo sabremos hasta que el proceso haya revelado todo su sentido y contenido, hasta que haya cerrado su aparición en la historia; y esto no será a corto plazo. Entiendo que queramos saber su verdad. Pero la ciencia, que sólo se legitima en su potencia predictiva, no ha podido hacerlo, no ha sabido preverlo; la filosofía, que sólo puede aspirar a comprender, ha de esperar al atardecer. Nietzsche dijo algo así como que “no hay mundo, sólo interpretaciones”; la avalancha de interpretaciones del “movimiento” (esta palabra me trae horribles recuerdos) conocido como 15-M (o “Democracia real ya”) avalan la tesis nietzscheana. Incapaces de comprender nuestro mundo, lo sustituimos con un caos de representaciones diversas, fragmentadas y contradictorias. Los relatos improvisados, más que revelar la esencia del proceso acaban por ocultarlo y sustituirlo por ficciones. No me sumaré, pues, a esa inflación de puntos de vista, tan del gusto de nuestra cultura postmoderna. Prefiero esperar al atardecer, a la hora de Minerva, que parece el tiempo de la filosofía. Es bueno resistir la tentación de simplemente opinar y con urgencias, auténtico modo de vida impuesto por esta sociedad y bien ejemplarizado en la hegemonía de los mass-media.

La aurora –y ahora estamos en ella- es para vivirla;

el momento del pensar ha de esperar a que aparezcan las sombras. En todo caso, lo importante es que hemos llegado. Una brecha se ha abierto, y aunque la reparen dejará el zurzido, siempre más frágil.

  • ¿Qué papel ha jugado en este despertar colectivo textos como ‘Indignaos’ del francés Hessel? ¿Qué otras referencias o sucesos podríamos señalar como incitadoras de tales movimientos de queja?

No sé cuántos “indignados” pueden haber leído el libro de Hessel. Me inclino a suponer que muy pocos. Si éstos no estaban previamente indignados, la lectura no activaría en ellos un gran “cabreo”; y si lo estaban, pienso que no habrán acabado el libro, excesivamente blando y moralizante. No veo ese texto como elemento activador de esta rebelión, sin duda más compleja y mixta. Lo veo, si quieres, como un síntoma de lo mismo, como una manifestación más del problema, pero no como causa de esta revuelta. Hay un problema de fondo que se irá desvelando cuando despliegue su fuerza y se manifieste en mil formas distintas (y el libro de Hessel y “Democracia real ya” son dos de esas manifestaciones, sólo dos, aunque cada conciencia se crea el sujeto histórico que dirige el proceso). Ahora bien, el mal no debe confundirse con sus síntomas, ni identificarse en interpretaciones precipitadas de éstos. En los últimos años hemos visto revueltas en barrios de París, desesperación en las calles griegas… Y, aunque más silenciosas, estas muestras de hastío, de desafección hacia las instituciones y los “agentes sociales y políticos”, inundan nuestra vida cotidiana. Y será esta “mala-hostia” generalizada y difusa la que mueva la historia, estoy convencido; y no libros o revueltas que sólo son ocasiones o manifestaciones de ese desarraigo social. No es difícil ver, en libros o movimientos como el 15-M, que el rechazo tiende a concentrase en la política, en la denuncia de la “corrupción” (en sentido maquiaveliano y en el otro) de las instituciones y los agentes. Personalmente tengo la impresión de que la política, en su versión liberal democrática, está muy enferma, tocada de muerte. Y eso se manifiesta en el hastío, la desafección, la despolitización, la generalizada sospecha de corrupción y esterilidad… Si ponemos entre paréntesis la Monarquía, y seguramente por pequeñas perversiones insondables de la naturaleza humana, no hay institución económica, política o jurídica que se salve.  Esto no puede provocarlo un libro como el de Hessel; al contrario, explica reflexiones morales como ésta.

  • ¿Comparte la idea que la falta de un líder(-es) perjudica al movimiento, tal como afirmó hace pocos días el propio Hessel?

Esa interpretación responde a dos presupuestos, ambos poco fundados. Uno, pensar el “movimiento” como nuevo sujeto revolucionario; y otro, pensar la política en clave clásica. Vayamos por partes. En primer lugar, no hay razones para asumir el primero, pues el “movimiento” con lucidez no ha manifestado tal pretensión;

en la tabla final de reivindicaciones de Sol, y en muchas de las propuestas de la Plaça Catalunya, no aparece estrategia política alguna, simplemente una lista de reivindicaciones, críticas pero razonables, sin duda asumibles por el “ideal” (otra cosa es su realización) de una sociedad democrática. Es una situación nueva: se hace política desde fuera de lo político.

El espacio político se escinde en dos ámbitos, hasta ahora muy confundidos: el de la política (ámbito de la política clásica, dominio de la gestión técnica de las necesidades) y el espacio público de debate y conformación de la conciencia social. Éste actúa sobre el primero desde el exterior (presionando sobre la política). Como tal, no necesita liderazgo alguno. En segundo lugar, toda estrategia de lucha por el cambio social pone en juego formas y relaciones que son una anticipación del modelo de sociedad al que se aspira. Por ejemplo, si se lucha por una sociedad participativa, lo coherente es que se practique en el seno del movimiento reivindicativo. Las revoluciones clásicas necesitaban liderazgo en correspondencia con el modelo social que se proponían instaurar; el modelo de vida que reivindica el 15-M de alguna forma aparece anticipado en las “acampadas”, en las relaciones que en ellas se manifiestan. O sea, no caben líderes clásicos en este modelo. Defender la necesidad de un liderazgo y una disciplina de lucha es pensar en clave clásica, lo que a mi entender no es el caso.

 

  • ¿Las crisis mundiales (entiéndase, Banca, Fukushima, Siria, Libia, Egipto, etc.) son el espejo que refleja una realidad a la que tememos, y por tanto, tenemos miedo de llegar a esas situaciones?

 Pensar con precipitación (o sea, no pensar, simplemente opinar) puede llevarnos fácilmente a ver todas nuestras miserias como efectos del mismo mal.

Nuestro eurocentrismo ya anida en nuestras neuronas, y debiéramos estar prevenidos.

Las recientes rebeliones en algunos países árabes no tienen la misma naturaleza, porque no creo que respondan a los mismos problemas, que las de las acampadas del 15-M; las formas de dominación que soportan y el orden social contra el que se rebelan no son equiparables. Ellos sufren formas de opresión muy diferentes a las propias de las sociedades capitalistas occidentales. De ahí que a veces nos sorprenda que reivindiquen, precisamente, formas institucionales y de participación política que en nuestros países están siendo cuestionadas por ser meramente formales y viciadas. Claro, siempre es posible, en la abstracción, encontrar un enemigo común; normalmente las religiones concentran todo el mal en una sola figura: la del demonio. Pero esa unificación no ayuda ni a conocer los problemas ni a luchar contra los mismos. Las “crisis mundiales” siguen apareciendo en formas locales, bien diferenciadas y distribuidas. La actual “crisis económica” nos afecta a todos; sí, tal vez, pero no a todos de la misma manera y con la misma brutalidad; ni todos saldremos de la misma con las mismas heridas. Yo entiendo que en Siria y Libia haya población dispuesta a morir por las libertades políticas; aquí también hubo un tiempo que tenía sentido esa lucha. Pero hoy es distinto: hoy son esas libertades políticas las que son cuestionadas como esperanza de justicia y emancipación; siguen siendo apreciadas, tal vez sentidas como irrenunciables, pero al mismo tiempo comienzan a ser vividas como espacio en el que es posible la injusticia y la desigualdad, cuando no como estructura cómplice de las mismas. No sé si mi respuesta está ajustada a tu pregunta…

  • ¿Cree que podemos aprender de la experiencia de Assange para comprender otras formas de revolución?

Sin menospreciar, ni mucho menos, las experiencias derivadas del caso Assange y de del WikiLeaks, me cuesta trabajo pensarlas como “otra forma de revolución”. Yo creo que sólo son formas de denuncia, de protesta, de condena…, pero no aprecio en ellas los distintivos intrínsecos al concepto de revolución. Si uno quiere meramente opinar, que diga lo que quiera; pero si se quiere pensar, se han de asumir ciertas exigencias lógicas. La palabra “revolución”, como metáfora, puede servir para cualquier cosa, para cualquier novedad cultural o política. Pero,

en su sentido estricto, “revolución” en política significa rompimiento con la matriz de un orden político

(por ejemplo, paso de una monarquía a una república); y en el ámbito socieconómico capitalista, revolución significa ruptura con lo esencial, la apropiación privada de los medios de producción. Así de sencillo y así de difícil. Marx lo describió con claridad. Era un concepto tan fácil de entender, que acabaría resultando insuficiente a la ambición intelectual. Prueba de ello es que, desde entonces, no hemos dejado de ensanchar y ahondar imaginariamente en el contenido de la revolución. Lenin y Stalin acentuarán la necesidad de ir más lejos de lo económico, de que la revolución sea esencialmente política, pues de la mera abolición de la propiedad no surge una sociedad nueva; Mao habrá de ampliar la semántica del término y centrarla en la revolución cultural, sin la cual la política se ve impotente para construir el socialismo… Y Marcuse acabará proponiendo una revolución ontológica, una transformación del ser humano, de su sensibilidad, de sus modos de percepción… Ya se ve, de algo tan simple, trivial y grosero como abolir la propiedad privada de los medios de producción, hemos pasado a la elegante, radical y profunda revolución estética. La poderosa ambición en la revolución profunda, total,  grandiosa, nos ha llevado a olvidar, por insignificante y vulgar, la propiedad privada. Y, claro está, todas esas revoluciones, en cuanto no constituyen lo esencial del capitalismo, son posibles sin afectar la lógica de su desarrollo. Pienso que el mundo de los mass-media y de internet constituye una auténtica “revolución” antropológica, cuyos efectos aún es pronto para valorar. Pero también pienso que la misma, como tantas y tantas revoluciones, no necesariamente afectará a la lógica del capitalismo. Seguramente, como tantas otras veces,

sólo al atardecer entenderemos que esa revolución en el fondo era una forma de reproducción del sistema.

Creo, en definitiva, que los nuevos medios técnicos de comunicación posibilitan formas de movilización antes inéditas. Son adecuados en esa tarea de crear “espacio público” exterior de debate; adecuados para presionar el ámbito de la política. Dudo, en cambio, que solucionen el problema de la mediación: es decir, el de dirigir desde fuera la decisión política. Tal vez por ello el 15-M muestra dudas a la hora de decidir cómo continuar, de optar seguir fuera o buscar formas de entrar dentro de la política.

  • ¿Cuáles son las nuevas condiciones de posibilidad para conseguir exitosamente una revolución?

Se me escapa la respuesta. En un mundo tan complejo y globalizado, en un capitalismo con una capacidad de asimilación casi infinita y con unos aparatos jurídicos y represivos sofisticados y poderosos, la idea de revolución clásica (constitución de un sujeto revolucionario, toma del poder político, transformación de las relaciones de producción, puesta en marcha de un nuevo sistema productivo, político-jurídico…) no cabe ni en lo imaginario. El modelo de revolución, si aún es posible, creo que responderá a otro patrón, que se me escapa del todo. Lo que creo firmemente es que cada sociedad genera los elementos necesarios para su transformación, pero sospecho que sólo cuando ha agotado sus metamorfosis, su potencial de evolución; es decir, cuando sea cuestión de sobrevivencia. ¿Estamos ya en ese momento? Creo que no. Veo hartazgo, desafección, desesperanza… e incluso “indignación”; pero no creo que en suficiente dosis.

De momento lo que veo no, con ser importante,  pasa de ser una exigencia de regeneración política (adecentar la democracia) y humanización del mercado, acentuando el elemento redistributivo.

Veo una negación del capitalismo existente, pero no una posición objetivamente anticapitalista.

  • ¿Seguirían funcionando estrategias revolucionarias del pasado? ¿Cuáles o qué es aquello que permanece atemporalmente?

No lo sé, no he sido capaz de pensarlo con claridad. Por lo que acabo de decir, no creo que pueda anticiparse el futuro, ni el orden institucional de la nueva sociedad ni las formas organizativas y de lucha que “ejecutarán la sentencia de la historia”. Todo eso forma siempre parte del futuro, de lo todavía no escrito; habrá que ensayar y aprender de las derrotas, seguramente. Pero los ensayos y las derrotas no son elementos intranscendentes; aunque queden abandonados en la cuneta de la historia,  su aparición en la misma ya habrá dejado su huella, ya habrá contribuido en la escritura final. Como digo, no creo que pueda saberse la estrategia adecuada, como tampoco describir racionalmente la sociedad alternativa. Pero sí tengo la sospecha –y es algo que puede ayudarnos a cometer los menos errores posibles- que

cada proceso de transformación radical de la sociedad genera formas organizativas y de conciencia apropiadas a la nueva sociedad que se persigue.

En todas las revoluciones clásicas, como he dicho,  los elementos organizativos y de subjetividad puestos en juego en la lucha por el nuevo orden eran como el germen de la estructura de la nueva sociedad. Y yo, de momento, en estas protestas sólo veo eso: protestas, contestación, denuncia, desesperación, que expresan el rechazo del estado de cosas existentes. Incluso en las exigencias que se recogen en las conclusiones, en el fondo simplemente exigen de la política que sea coherente con su discurso democrático, que cumpla sus compromisos con las declaraciones de derechos y con el sentido moral de igualdad y justicia, que realice una redistribución equitativa como recogen sus textos constitucionales…. O sea,

sólo veo un movimiento regeneracionista, más que revolucionario.

Esto no es poca cosa; pero va poco más allá de exigir al estado democrático liberal que cumpla su ideal, que cumpla con el contenido del discurso en que se legitima. Radicalizar las exigencias democráticas es la antesala del cuestionamiento del sistema, pues el capitalismo no puede cumplir con ellas:

el mercado no soporta el ideal de libertad, igualdad, fraternidad y justicia del discurso democrático.

Pero es sólo la antesala, y la historia nos muestra que el capitalismo ha sobrevivido coexistiendo con democracias y fascismos, con regímenes liberales y dictatoriales, con estructuras elitistas y movimientos populistas… Su capacidad de metamorfosis y adaptación es desesperante. Su transformación, por tanto, no puede pensarse en una fórmula fija.

  • Parece sorpredente que un grupo de personas casi desconocidas hayan creado en pocos días una pequeña sociedad modélica (ecológica, pluralista, biosostenible, organizada, metódica, etc.). ¿Qué podemos extraer de ello?

Si, ciertamente, ha sorprendido esta puesta en escena de una forma de vida cálida, participativa, ordenada, autodisciplinada… ¿Podemos extraer la conclusión de que es posible extender ese orden espontáneo, asambleario, humanitario, a la sociedad? ¿Puede pensarse como una alternativa de vida? Creo, de nuevo, que hay que esperar. Cientos de miles de gentes, o millones, ven con buenos ojos las acampadas, en tanto que denuncian un estado de cosas cada vez más insoportable…, esas mismas gentes hace tres o cuatro años, ondeados por la burbuja del crecimiento, eran felices y confiados en el presente; y ya veremos mañana. Lo tentador en estos tiempos es aplaudir a David, que al fin alza la voz contra la explotación y la opresión que sufren amplias capas sociales y contra la locura y la irracionalidad que amargan a tantos otros. Pero para valorar con solidez un movimiento como éste, hay que esperar su evolución y sus resultados. De entrada es indudable la simpatía despertada;

para mucha gente la solidaridad con ese “movimiento” es su forma de manifestar su rechazo a lo existente.

En esa espontánea y contingente identificación quedan silenciados y ocultos otros muchos elementos. El orden democrático liberal, constitucional, del estado español también fue aplaudido y legitimado en amplios movimientos populares, no hay que olvidarlo. Ahora es rechazado o al menos cuestionado, pero tuvo a su favor movilizaciones mucho más potentes y con mayor significación que las actuales, sin menospreciar éstas. Por tanto, esperemos a su desarrollo, esperemos que pase la aurora para extraer conclusiones. Un proceso no puede ser valorado hasta que ha colmado su despliegue y ha dejado salir cuanto lleva dentro, incluidas sus inevitables contradicciones. Y harían bien los participantes en no dejarse llevar por la lógica del entusiasmo de los medios de comunicación; acabaría jugándoles una mala pasada.

  • ¿El mal ajeno sigue siendo algo que no nos incumbe o esto está cambiando? ¿Por qué?

Sí, tienes razón, esa preocupación por el mal ajeno parece renacer y activarse en nuestros días, tienes razón. ¿Cómo valorarlo?. De entrada, es difícil cuestionar el valor de esa sensibilidad moral; siempre es preferible estar rodeado de gente solidaria y compasiva; por lo tanto, de entrada mis aplausos para el advenimiento de la moral humanitarista. Otra cosa es si en ese sentimiento puede realmente sostenerse un proceso de cambio político radical. Hay muchas razones para pensar que el humanitarismo es la conciencia moral que en nuestros tiempos sustituye al humanismo. A veces he dicho: una moral humanista, del capitalismo productivista, es desplazada por otra “moral” (¿?)  humanitarista, adecuada al capitalismo de consumo. Tal vez sea una tesis exagerada… En todo caso, así pretendo llamar la atención sobre esta característica de nuestro tiempo: nos movilizamos conmovidos ante el mal puntual ajeno (los medios de comunicación lo acercan a nuestros ojos) y cumplimos y nos serenamos colaborando con lo que nos es superfluo. Enviamos un donativo para Haití y, quien es famoso, subasta una canción, una guitarra o una corbata, convirtiendo un gesto indoloro en una cuantiosa ayuda contra el dolor.

Nuestra sociedad es así: aunque el consumo sea el origen de la miseria que sufren pueblos enteros, consigue gestionar la compasión o solidaridad con mecanismos increíblemente perversos:

“Sé solidario consumiendo: por cada coca-cola, un céntimo para los niños de Ruanda; por cada nike un céntimo para las mujeres de la India. Sea perfectamente feliz consumiendo y haciendo el bien. Sea feliz y bueno al mismo tiempo”. No, no trato de meter en este cajón los sentimientos de la gente del 15-M; digo simplemente que el capitalismo actual es sutil  y es capaz de convertir en valor de cambio la moral y la subversión. El día que este “movimiento” cristalice y ponga sobre el tapete la transformación de la sociedad, veremos la verdad de la solidaridad despertada; y el día en que esa forma de vida comunitaria instalada en las plazas deje de ser un simulacro de vida posible para presentarse como una alternativa generalizable, veremos la potencia de la propuesta. Yo, de momento, me quedo con la fuerza negativa; la negación es condición sine qua non de todo cambio social radical, pero no es suficiente. En estos tiempos de consenso, decir no es ya una osadía refrescante.

  • ¿Los resultados electorales han sacado a la luz realidades escondidas? ¿Qué leemos de estos resultados electorales post-reflexión?

Es curioso, pero tu pregunta parece enmarcarse en el escenario de representación que antes apunté de la escisión de lo político en dos ámbitos; y me preguntas nada menos que por la mediación entre ambos. Pues bien,

en este caso concreto no creo que haya influido esta rebelión social en la “reflexión” de las fuerzas políticas parlamentarias.

Dirán que sí, que han “oído” el mensaje; y seguro que subjetivamente lo han escuchado. Les afecta en sus intereses objetivos como “clase política”; les va su supervivencia. Pero la política-gestión, ya definitivamente subordinada al mercado, les aprieta por el otro lado. La política que gestiona el capitalismo, alternancia y mezcla de liberalismo y socialdemocracia, ya ha roto el espejo encantado. Déjame que me extienda un poco. Si miramos hacia atrás, vemos que la historia de nuestra “civilización” capitalista está protagonizada por el ajuste dialéctico de dos modelos, con sus discursos respectivos, ambos internos a la ideología liberal-republicana-democrática. Por un lado, el modelo político de la sociedad, idealizado en el  contrato social (que permite a los hombres pensarse a sí mismos como autores de sus vidas, sujetos políticos que realizan colectivamente la historia e instauran un orden político social progresivamente más libre, igual y pacífico) y en la doctrina de los derechos humanos (que les permite verse a sí mismos sujetos morales, con conciencia  y con un noble ideal que realizar). Por otro lado, un modelo económico de la misma sociedad, idealizado en la del mercado como mecanismo que garantiza la producción suficiente (por su potente estímulo de la ambición de producir) y la distribución justa (las desviaciones, pensables siempre como contingentes, podían ser corregidas por “la política”). Se ha tendido a ver esas dos representaciones como complementarias, como los rostros político y económico de la sociedad capitalista; y sin duda lo son. Pero se ha silenciado, casi siempre, que esas dos visiones de la realidad responden a filosofías antagónicas: el ideal del pacto social y los derechos (liberalismo político) supone a los hombres dueños de su destino mientras que el liberalismo económico, donde las necesidades se crean y se satisfacen ciegamente, los precios se fijan al margen de la conciencia de los “agentes sociales”, la búsqueda de ganancia es una exigencia que no permite capitalistas honestos, etc. etc., responde al supuesto de un sistema económico ciego cuyas leyes se imponen a las voluntades de los hombres. Los clásicos modernos ya lo sabían:

si repensáramos sus metáforas (“astucia de la razón”, “mano invisible”, “espectador imparcial”…) veríamos, bajo el optimismo de la expresión, el pesimismo del concepto.

Esa dialéctica ha permitido momentos de esperanza: la política, el Estado, era el lugar del ideal (recordemos el entusiasmo reciente del “Yes, we can” de Obama). Pues bien, en nuestros tiempos, sin duda una fase nueva del capitalismo, la dialéctica entre ambas representaciones parece haberse roto: ha triunfado definitivamente el discurso del mercado, la visión social del liberalismo económico, que ya no necesita ocultarse; y ha sido derrotada la política en su figura moderna (del contrato social y los derechos humanos), desvelando su verdadera esencia: la de instrumento de conservación y reproducción del sistema. Esto merecería mejores descripciones del presente, pero ya habrá tiempo para ilustrar la idea. De momento pienso que la figura liberal democrática (y no digamos la componente republicana) de la política que ha perdido su esencia: ya no expresa lo que Marx llamaba el ideal (imposible) de la burguesía; ya ni siquiera cumple esa función ideológica de mantener un ideal de libertad, justicia y autodeterminación bajo la realidad de la dominación de clase; ahora es simplemente lo que era pero ya sin alma ni corazón. Ahora por fin aparece, sin mixtificaciones, como mero instrumento económico. Recordemos, como ejemplo áureo, la patética situación de nuestro presidente al renunciar a las políticas en que creía para aplicar simplemente las que se necesitaban. Ese “se” refiere al capitalismo que hizo hablar a las instituciones “políticas” europeas.

Es en este contexto amplio donde debemos situar nuestro presente. Cuando los acampados dicen y repiten aleatoriamente, que se sitúan al margen de la política, que quieren otra manera de hacer política, que rechazan a todos los partidos (al “sistema”), creo ver, bajo la muy generalizada carencia conceptual, un síntoma de esa búsqueda de otro lugar donde instaurar un discurso político. Y esto puede verse en clave de esperanza, como discurso alternativo, no contaminado, diferente, que a pesar de todo pugna por aparecer entre nociones y vocabulario viejo y pobre; o en clave pesimista, como surgimiento de una nueva figura de la política adecuada a los nuevos tiempos (¡tiempos de internet!), es decir, una post-política, flor de una nueva primavera, ciertamente, la primavera del capitalismo sin determinaciones, al fin liberado de la política que a lo largo de su historia le sirvió también de obstáculo (la política de los partidos, de los sindicatos de clase, del parlamento de los “representantes de la nación”).

Vista desde el atardecer, la historia nos revela que el capitalismo ha ido liberándose de la política liberal democrática “corrompiendo” (en el sentido estricto y técnico que Maquiavelo atribuye al concepto) sus instituciones.

Aunque ciego, el proceso no es en vano. Hay motivos para sospechar que su victoria final vaya acompañada de la aparición de otras figuras de la política. Y éstas no necesariamente, por “nuevas” e “imaginativas”, jugarán a favor de la emancipación y la igualdad. Si algo ha mostrado sobradamente el capitalismo es su infinita capacidad para innovar y ensoñar. Tendremos, pues, que esperar al atardecer para comprender a qué estamos existiendo.

En concreto, respecto a tu pregunta: de la política liberal democrática ya no se puede esperar mucho; la presión de la calle, las movilizaciones, la creciente indignación, al fin y al cabo pone a la política-gestión entre dos fuegos, el del la voz pública y el del mercado. Y creo que la mayoría de políticos, al menos los más lúcidos, lo saben y lo dicen en privado; aunque añadan que, de todas formas, la alternativa es el caos. Me da la impresión que la política clásica, el sistema democrático, constitucional, de partidos, será el sacrificado. Poco a poco muestra su impotencia e irrelevancia, dejando insatisfechos al mercado y a los ciudadanos.

La open question es a dónde nos llevará este sacrificio del “instrumento”, y quién lo lamentará mañana más.

  • ¿Y ahora qué?

Sí, siempre volvemos a Lenin: “¿Qué hacer?”. Pues no lo sé. Rectifico, creo que algo sé: creo, primeramente, que

hemos de resistir, en el sentido foucaultiano. Y comenzar por decir “no”, “basta ya”, “se acabó”.

Eso siempre es sano. ¿En positivo? Irán apareciendo formas de rebelión si la indignación es real, estructural, radical. Este sistema incluso puede fagocitar a su clase dirigente: ¡ya enterró nada menos que a la “clase burguesa”! Incluso acabamos de ver su bocado a lo que queda del liberalismo, travestido en capitalismo subvencionado. ¿No es sorprendente que hayan bastado unas convulsiones económicas para que resurgiera la política prohibida: nacionalizar la banca? Claro, era en broma, sólo un amago. Pero muestra que el capitalismo, si no se alía con el diablo, es porque no lo necesita. Por eso te decía antes que, ante esta innovadora forma de protesta del 15-M lo mejor es que viva su aurora; ya llegará el tiempo del pensamiento. Ya sabes lo que decía Nietzsche: pensando la manera de construir la historia nos olvidamos de hacerla. Estos días veo que, como voluntad de prolongar el movimiento, se está estudiando la “forma” (he de interpretar la estrategia, la organización, las relaciones…). Tal vez sea inevitable. Pero así se asume el gran riesgo. Por decirlo abstractamente,

así se da entrada a la “razón instrumental”. Y me temo que en ese dominio el capitalismo es todopoderoso.

 

  • ¿Qué debe aportar la filosofía a todo esto? ¿Cómo?

Aunque te parezca sospechoso,

creo que la mejor aportación de la filosofía a este “movimiento” es ejercer la crítica del mismo sin piedad.

Uno de los peligros de cualquier movimientos social es el de autocomplacencia: comprensiblemente limitado en su autocrítica, y jaleado exteriormente cual “ejército pacífico de salvación”, puede caerse fácilmente en la ilusión de “estar haciendo historia” (lo he oído), de erigirse en ángel redentor, sentirse sujeto llamado a la regeneración del mundo. Hay que vigilar contra el entusiasmo, el narcisismo y otras tentaciones. Yo creo que eso es

lo que puede y debe hacer la filosofía: poner el obstáculo de la crítica para que la marcha, si resiste, se consolide y refuerce; y si no resiste, es que no valía la pena, era mera ilusión.

  • ¿Qué puede hacer el ‘consumidor de a pié?

Esto es otra cosa. Mira, yo creo que el “consumidor”, de a pié o en bicicleta, seguirá haciendo lo suyo, a lo que está condenado, es decir,

seguirá consumiendo. No puede elegir.

Es la figura esencial del capitalismo actual, que en cierto modo ha quitado protagonismo al productor. Su rebelión contra sí mismo, su negación, apuntaría al corazón mismo del capitalismo. Hoy el capitalismo no tiene secretos para producir sobreabundancia; el problema de conseguir el consumo, que al fin es el momento de la verdad, de la realización de la plusvalía. Por tanto, al consumidor en general no se le pude decir nada: no oirá. Ahora bien, comienza a aparecer en nuestras sociedades de consumo capas amplias de consumidores sin consumo, que ya no tienen acceso al mismo; otras que ven el futuro de consumo complicado; y bastantes también que toman conciencia de la vaciedad de esa figura humana de consumidor. La historia hace su juego y rompe las identidades; genera la escisión y el enfrentamiento. Ya no se nos escapa que ir contra el consumo es ir contra el corazón del sistema capitalista contemporáneo. Ya no te dicen “¡Sé moral: ahorra!”; te dicen en su lugar: “¡Sé solidario: consume!”. En definitiva, el “consumidor de a pié” es un concepto muy general que encierra una contradicción. Han de aparecer las escisiones en su seno; ha de aparecer su “enterrador”.

Si algún rasgo de la idea del nuevo mundo posible me parece fijo es éste: la desaparición del “consumidor”.

No creo que haga falta decirlo, pero no se trata de la desaparición del consumo, sino del mismo como esencia y telos de la existencia humana.

En definitiva, yo creo que el no-consumismo es la “huelga” de los nuevos tiempos (aunque se practique poco).

  • ¿Hemos llegado al final de un ciclo, de una forma de ver al hombre como ciudadano (ahora del mundo, antes de su propia sociedad)? ¿En qué influye esto respecto a sus derechos y sus deberes?

Sí, yo creo que estamos llegando al final de un ciclo: el ciclo de la ilusión del ciudadano. Ya lo decía Marx, que era el ideal (engañoso) del Estado burgués, lo que nunca podría realizar. Creo, aunque no puedo dejar de sentir nostalgia, como ante todos los ideales bellos, que el nuevo mundo que se está constituyendo no estará poblado de ciudadanos. La ciudadanía es una figura del discurso liberal democrático, es el ideal del hombre burgués; y no tiene cabida ni en la sociedad de consumo ni en cualquier otra sociedad alternativa. Para Robespierre “ciudadano” era el mayor título de honor; para el comunismo era el “camarada” y para el cristianismo el “hermano”. Hay que asumirlo:

las figuras tienen su tiempo y lugar, y expandir el uso de las mismas a todos espacios supone convertirlas en metáforas; bellas pero vacías de verdad.

O sea, el mundo capitalista actual, mundo de consumidores, no es buen hábitat para la ciudadanía; pueden concedernos derechos y bienestar, pero no ciudadanía en sentido estricto. El capitalismo de consumo, el modelo de sociedad y el ritmo de vida que impone, no son espacios apropiados para esa figura. Pero en el mundo que sueñan los acampados me parece que tampoco tendrá cabida. Y eso no quiere decir nada malo:

del mismo modo que la justicia no es la virtud más deseable en la sociedad, no delimita la sociedad perfecta, así la ciudadanía no es la figura política más noble fuera del espacio liberal democrático.

Esperemos, pues; ya veremos cómo evolucionan las cosas.

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