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La Agresión

abril 12, 2011

 

La Agresión. Edward Osborne Wilson

“¿Son los seres humanos innatamente agresivos?”

Plantearnos esta pregunta, es hacer sin querer referencia a una pregunta anterior. ¿Existen factores innatos fuertes o somos tan mutables y adaptativos que nada es permanente?

Al tiempo que nos ofrece sus ideas en torno a la agresividad, Wilson responde a esta cuestión de la siguiente manera para poder afrontar su tesis con una cierta sostenibilidad.

“Olvidan que lo innato se refiere a la probabilidad evaluable de que un rasgo se desarrollará en un conjunto específico de ambientes, no a la certidumbre de que el rasgo se desarrollará en todos los ambientes. Según este criterio, los seres humanos tienen una señalada predisposición hereditaria a la conducta agresiva.”

El debate en su artículo no se centra en este parámetro tan importante como falto de acuerdo, pero está directamente reflejada la controversia sobre esta premisa que condiciona el punto de partida de cualquier conclusión. De esta manera, pasaré a abordar lo expuesto por el biólogo estadounidense sin olvidar esta premisa inicial que se nos abre.

Según lo dicho por éste, pueden distinguirse por lo menos siete categorías de la presencia de agresión en los individuos de una especie: a) la defensa y conquista del territorio, b) la afirmación de dominio dentro de grupos bien organizados,  c) la agresión sexual, d) los actos de hostilidad por medio de los cuales se pone fin a la lactancia, e) la agresión en contra de las presas, f) los contraataques defensivos a los predadores, y g) la agresión moralista y disciplinaria para hacer cumplir las reglas de la sociedad.

 

Cabezas reducidas como trofeo de una tribu.

A esto, puntualiza: “el modelo de ‘patrón cultural’ ha sido proporcionado por el antropólogo Richard G. Sipes. Señala que si la agresión es una magnitud en el cerebro que se acumula y se descarga, como lo sugiere el modelo de desahogo del impulso, entonces puede tomar forma de guerra o de los substitutos más obvios de la guerra, incluyendo deportes combativos, hechicería malévola, tatuaje y otras formas ritualizadas de mutilación corporal, y el enérgico tratamiento de quienes cometen las desviaciones”.

Según Wilson, Sipes encuentra que el modelo de patrón cultural supera a la hipótesis rival de la descarga de impulsos: la práctica de la guerra es acompañada por un mayor desarrollo de los deportes combativos y otras formas menores de agresión violenta.

Pero adentrándonos en estas ideas, reaparece la condición inicial en que necesitamos el acuerdo hacia que lado remar. Wilson siguiendo la postura de Sipes, es partidario de remar a la vez en ambos lados creyendo en su compatibilidad.

La clara percepción de la conducta agresiva humana como un patrón

Soldado americano en Irak.

estructurado y predecible de interacción entre genes y medio ambiente es congruente con la teoría evolucionista. Debe satisfacer a ambos campos de la venerable controversia de lo innato en contra de lo aprendido. Por una parte, es verdad que la conducta agresiva es aprendida, especialmente en sus formas más peligrosas de acción militar y ataque criminal. Pero el aprendizaje se prepara de antemano en el sentido explicado en el capítulo III: estamos fuertemente predispuestos a caer en una profunda hostilidad irracional bajo ciertas condiciones definibles.”

Uno de los factores más relevantes en la presencia de agresividad es la defensa del territorio. En este caso Wilson nos habla de la peculiaridad que Rada Dyson-Hudson y Eric A.Smith han indicado en sus estudios. Consiste en que las áreas defendidas por cazadores-recolectores parecen ser las más económicamente defendibles. Cuando los recursos alimenticios están dispersos en el espacio y son impredecibles en el tiempo, las bandas no defienden sus territorios y de hecho suelen compartir los descubrimientos ocasionales de ricas fuentes de alimentos. De esta forma, es normal que entre tribus sin un área predeterminada según la situación de sus recursos, sea habitual el intercambio de información en relación a la alimentación.

Pero este factor territorial es de vital importancia, y estos casos suelen ser minoritarios, ya que el ser humano ha poblado todo el planeta afincándose en ocasiones en zonas con una intensa limitación de alimento, generando además, casi por defecto, presiones demográficas. Lo que le fuerza a una autorregulación y defensa de sus recursos –conclusión del porqué de la guerra-.

Para Wilson, la guerra puede definirse como ‘la violenta ruptura de la intrincada y poderosa red de los tabúes territoriales observados por los grupos sociales’. Pero el biólogo añade a la primera tesis de estos artículos, que la fuerza que está detrás de la mayoría de las políticas guerreras es el etnocentrismo, la  irrazonablemente exagerada lealtad de los individuos a sus parientes y a los demás miembros de su tribu. Donde entramos en una nueva categorización entre una sensación de pertenencia y no pertenencia a un grupo. Una forma de autoconciencia y ‘saberse distinguir’ del otro, que en los seres humanos sólo se trata directamente de una forma más sofisticada del conocimiento de la existencia propia.

Wilson describe su idea en el hombre primitivo, haciendo de esta manera una generalización que pueda darse en cualquier especie. Eso sí, como vengo diciendo, de una forma más sofisticada en el hombre que en otras especies.

“En general, el hombre primitivo dividía el mundo en dos partes tangibles, el ambiente cercano del hogar, las aldeas locales, los parientes, los amigos, los animales domésticos y las brujas, y el universo más distante de las aldeas vecinas, los aliados intertribales, los enemigos, los animales salvajes y los fantasmas. Esta topografia elemental hace más fácil la distinción entre los enemigos a quienes puede atacarse y matarse y los amigos a los que no se puede. El contraste se acentúa al reducir a los enemigos a un status atemorizado y subhumano.”

William H. Durham, como señala en este artículo el estadounidense, diferencia tres hipótesis de los casos de presencia de agresión en sociedades a partir de los datos del  Robert F. Murphy. Las cuales, delimitarían todos los casos posibles de la agresión.

HIPÓTESIS 1: Las tradiciones culturales de la guerra en las sociedades primitivas que evolucionaron independientemente de la capacidad de los seres humanos para sobrevivir y reproducirse.

HIPÓTESIS 2: Las tradiciones por medio de la retención selectiva de rasgos que incrementan la capacidad genética inclusiva de los seres humanos.

HIPÓTESIS 3: Las tradiciones culturales de la guerra primitiva evolucionaron por medio de un proceso de selección de grupo que favoreció las tendencias de autosacrificio de algunos guerreros.

“William H. Durham, (…) aplicó los datos de los mundurucú y otros casos de guerra primitiva a un conjunto de tres hipótesis mutuamente exclusivas y opuestas, que en este caso parecen agotar las posibilidades de la relación entre herencia y cultura. (…) El efecto biológico de la guerra sobre los afortunados cazadores de cabezas de mundurucú parece haber sido directo.”

Volviendo a lo anterior dicho sobre la trascendencia de lo innato en un estudio de este cariz; aceptar o considerar una base genética para conductas más complejas como la inteligencia o la agresividad se vuelve mucho más difícil desde dichas premisas genéticas. ¿Nacemos o nos hacemos? Decía Hume: “el miedo de una criatura a la oscuridad no lo habría aprendido en brazos de su niñera”. Y así es, la importancia de que factor es más influyente en nuestra conducta (si lo heredado o lo adaptado), Wilson lo despluma de una forma muy sencilla.

Miembros de la tribu Mundurucú.

Remarcando, que la existencia de que esta tribu necesita de su autoafirmación por medio de sus costumbres o sus creencias, y éstas están unidas a esa forma de ver la guerra, comenta que “pudiera decirse que las tribus enemigas causaban que los mundurucú fueran a la guerra simplemente por el hecho de existir –escribe Murphy-, y la palabra para designar a un enemigo significa simplemente que no es un grupo mundurucú.”

En el caso de los mundurucú, parece que son estas costumbres o creencias, en forma de espíritus mediadores de la selva, las que ejercen de carácter ecológico ante sus factores de presión, dependencia o interferencia de la densidad animal y humana. Pero aparentemente, todo esto sea una herencia innata de la que no podrían separarse. Las formas particulares de violencia organizada no se heredan. No hay genes*[1], o por lo menos no los conocemos, que diferencien entre un tipo y otro de tortura o cualquier otro rasgo violento; pero si existe una predisposición innata a construir el ‘aparato cultural’ de la agresión. Wilson nos lo expresa de esta guisa: “la cultura da una forma particular a la agresión y santifica la uniformidad de su práctica por todos los miembros de la tribu”.

Y de ahí expone las tres fuerzas que guían esta evolución cultural de la agresión: a) predisposición genérica hacia el aprendizaje de alguna forma de agresión comunal; b) las necesidades impuestas por el medio ambiente en el cual encuentra la sociedad; y c) la historia previa del grupo, que la inclina hacia la adopción de una innovación cultural en vez de otra. De estas tres fuerzas, y con las tres tenidas en cuenta, es como podremos comprender plenamente su evolución en las sociedades humanas.

El análisis después de observar distintas culturas nos deja una principal conclusión: “al centralizarse y hacerse más complejas las sociedades, se desarrollan organizaciones militares y técnicas de combate más refinadas, y entre mayor sea su refinamiento militar, más probablemente expandirán sus territorios y desplazarán a las culturas competidoras”.

Por lo tanto, está claro que el ser humano genera competencia a ritmos devastadores. Pero que al mismo tiempo, se esposa a sufrirla –hasta sus más graves consecuencias-. Y por otro lado, posee la misma voluntad (como mínimo) hacia la vida que cualquiera de las otras expresiones existentes en la naturaleza, pero él es el que más las sufre. Existe un experimento de Paul Ekman en que se colocan en una isla sin depredadores y abundancia de recursos a una especie de ciervos, éstos en poco tiempo duplican su población, generando superpoblación. Automáticamente el mismo tiempo después los investigadores se encuentran que esa parte de superpoblación, el excedente doblado ha muerto aparentemente por causas de estrés. Esto me lleva a plantearme, ¿somos los humanos los únicos seres capaces de alterar el biorritmo natural? ¿Somos los humanos los únicos que podemos padecer la superpoblación? ¿La naturaleza entiende de superpoblación pese a ser autorregulable*[2]?

 

A modo de síntesis y conclusión:

Podemos decir entonces, que la cultura es el factor de medición de la agresividad. Cuanto mayor es el grado de complejidad de una cultura mayor es el abanico de posibilidades de distintas agresiones (motivadas por, a causa de, etc.). No me refiero a complejidad por su dificultosa accesibilidad sino por la diversidad que comprenda. Y debamos remarcar, que tampoco debe ser necesariamente tomada la cultura en su totalidad, sino su capacidad de crear nuevas construcciones bélicas.

El modo en que utilizamos para nuestro autoconocimiento, para autoafirmarnos, es a la vez, el arma contra nuestro alrededor, semejantes (humanos) o no. Curiosa dicotomía que hace de nuestra existencia algo más complejo e inexplicable bajo parámetros amistosos de la misma. ‘El hombre es un lobo para el hombre’, decía Hobbes, tesis que con estas teorías parece reafirmarse.

Para acabar una frase de los Yanomamö con la que concluye Wilson y que sintetiza lo expuesto por el propio biólogo en su artículo:

“Estamos cansados de luchar; no deseamos matar a nadie más. Pero los otros son traicioneros y no se puede confiar en ellos”.

 

Un niño de la tribu de los Yanomamo.


 

*[1] Cada carácter depende de muchos genes que actúan dentro de redes complejas formadas por centenares de genes. Por lo tanto, no creo que hable Wilson de un gen destinado a un carácter, como hacen algunos científicos creyéndose haber encontrado la piedra filosofal ‘genética’ de tal carácter estudiado (entiéndase, el gen del amor, o de la amistad, o de hacer buen sushi).

*[2] Si recordamos la teoría deGaia de James Lovelock, en ésta se considera que la Tierra es un ser orgánico que se regula según medida y se autogestiona según sus necesidades. ¿Está el ser humano por encima de esta aparente ley natural?

* Este artículo hace referencia a un texto de E. O. Wilson (Capítulo V del libro: ‘Sobre la Naturaleza Humana’; WILSON, E. O. (1983). Fondo de Cultura Económica. México. (p.144-173)

* Otras posturas.


(He intentado encontrar el capítulo del que trata este artículo en Internet, pero me ha sido impisble, disculpar las molestias.)

 

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