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El Fin del Mundo

marzo 26, 2011

Meteoritos, terremotos, maremotos, huracanes, heladas, deshielos… hasta nuestros días no son pocas las personas que han pensado y escrito como sería el fin del mundo. Un servidor no podía ser menos…

El tren partía de Portbou hacia Colera, en él viajaban varias jóvenes francesas a disfrutar del sol de la Costa Brava y la cultura que desprende Cadaqués, un par de inmigrantes preocupados por si eran descubiertos y dos chicos que volvían de un interraíl. Era, pues, un tren casi vacío, cosa extraña para ser Agosto. Las puertas se cerraron lentamente y los vagones danzaban sobre las vías ansiosos de entrar en ese túnel que separaba ambas estaciones, ansiosos de cruzar el inicio del Pirineo más oriental. Fue un corto trayecto de cuatro minutos que cambió por completo las vidas de sus pasajeros. Ellos hablaban tan tranquilamente sin saber lo que en ese momento sucedía en el resto del mundo.

Las multitudes abarrotaban el local, expectantes para ver la puesta en funcionamiento de un nuevo invento que revolucionaría la vida, un paso más del progreso hacia el bienestar de las personas. Por fin los científicos habían conseguido, tras años de investigación sobre el choque de partículas, la fórmula para crear energía blanca, es decir, una energía que al generarla no se invertía más energía de la que producía y que se retroalimentaba. Ese era el día de su implementación a gran escala. Con dos simples iones, primero se iba a iluminar Oceanía entera. Quedaba menos para la caída del Sol en Nueva Zelanda y el director del proyecto se disponía a mostrar al mundo entero que esos rumores eran del todo ciertos, que todo ese secretismo estaba a punto de dar a luz.

Tres, dos, uno…

El tren se paró de golpe, sin ninguna razón aparente. Las luces se apagaron un por una y las puertas seguían cerradas. Tranquilidad en el vagón. Suele pasar esto en la RENFE, dijeron los dos chicos que volvían a casa. Los demás les miraron con cara de no entenderlos demasiado… It is Spain! With the trains it’s normal! Don’t worry!- todos asentaron con la cabeza. Al cabo de poco salió el maquinista y les dijo que alguna cosa extraña había sucedido, nadie respondía, buen momento para mirar los teléfonos móviles y darse cuenta que ninguno tenía cobertura ¿Qué estaría pasando? Pues que estaban en las entrañas de una montaña, pensaron todos. Aunque esa no era la respuesta correcta.

Toda Oceanía se quedó boquiabierta al ver un gran haz de luz salir hacia la Luna. Las tribus perdidas de las islas del Pacífico organizaron rápidamente consejos tribales en sus respectivos pueblos, preocupados al ver que esas leyendas que durante siglos se habían transmitido cada noche como si fuera un cuento de terror y que explicaban con tal de que sus habitantes tuvieran miedo al hombre moderno, se cumplían. Era el inicio del fin. Nada había que hacer, explicaban los sabios sino esperar con paciencia nuestra desdicha. Ese haz de luz salió con rapidez hacia el espacio, con tal mala suerte que impactó con la Luna, esa parte de la Tierra que milenios atrás se había independizado como la hija mayor, aunque seguía girando alrededor de la madre. Pero ese maldito día, el hombre, el progreso, hizo que la hija se apartara para siempre de su órbita, afectando por completo a la propia Tierra.

Ya habían pasado demasidas horas en el tren, y nadíe parecía recordarlos. Era el momento de abrir las puertas y hacer ese peligroso ejercicio de andar por las vías hasta encontrar la salida del túnel. El singular grupo no sabía hacia donde ir. Según el maquinista, estaban igual de lejos de Portbou como de Colera. Así que optaron por volver hacia Portbou, cuya estación era más importante. Mientras andaban iluminados por las linternas de los jóvenes y el maquinista, notaron la rara sensación de que la gravedad se había hecho más fuerte, como si andar costara más que antes. La montaña parecía gemir, las paredes temblaban y corría mucha agua por las paredes, damasiada por ser verano. El maquinista, pruedentemente, les condujo hacia una salida de emergencia que estaba no muy lejos y que conducía, por unas interminables escaleras, hacia lo alto de la montaña . Una vez fuera, sus ojos no daban crédito de lo que veían.

El cambio de rotación de la Tierra había afectado todo objeto eléctrico, y como consecuencia, cualquier chip. El caos se apoderó de Occidente. Aviones que caían o chocaban entre ellos, coches paralizados, électrodomésticos inservibles… las personas eran incapaces de saber qué hacer y en pocas horas los asesinatos ya habían terminado con gran parte de la población. Además de que la fuerza de gravedad había transformado al mar de modo que era tan denso como el mercurio, haciendo que miles de personas se ahogaran al instante. El desplazamiento de la Luna ya no sólo empezaba a afectar a la vida rutinaria de las personas, los animales también desaparecían rápidamente y las plantas más livianas morían aplastadas por esa gran fuerza que cada vez aumentaba más y más.

Al cabo de poco tiempo en la Tierra ya no habían casi personas ni animales ni plantas… sólo los líquenes sobrevivían sin padecer consecuencia alguna. Había llegado el fin del mundo, que lenta, pero inexpugnablemente, se acercaba cada vez más hacia el Sol. Las temperaturas fueron ascendiendo, el clima cada día era más variable, las montañas rugían con fuerza, desapareciendo en algunos lugares y renaciendo en otros en cuestión de días. Los seres vivos desaparecían incapaces de poder evolucionar y adaptarse a esos cambios tan bruscos. La órbita de la Tierra que durante milenios había sido una elipse casi perfecta, ahora no era más que una línia recta atraída por la gravedad del Sol. Venus nunca se había visto tan grande… pensaba el último hombre segundos antes de morir.

Y tras breves respiraciones de la poca naturaleza que quedaba, la Tierra ardió consumida por culpa de su gran tumor.

 

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3 comentarios leave one →
  1. abril 6, 2011 3:43 am

    mentira si ya es 5 de abril y no paso nada

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