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La mediocridad, un lastre para la innovación

marzo 24, 2011

 

“Es decisivo que la sociedad, en todos sus niveles, excluya la posibilidad de acción, como anteriormente lo fue de la esfera familiar. En su lugar, la sociedad espera de cada uno de sus miembros una cierta clase de conducta, mediante la imposición de innumerables y variadas normas, todas las cuales tienden a “normalizar” a sus miembros, a hacerlos actuar, a excluir la acción espontánea o el logro sobresaliente”[1]

Hannah Arendt, que entiende la acción como un acto político y como una muestra de la libertad creadora del ser humano, analiza nuestra sociedad como un espacio de vida donde se impide deliberadamente diferenciarnos de los otros. Porque no es sólo que vivamos en una estructura donde se dificulte la excelencia sino que cuando ésta emerge se combate. El psiquiatra José Luis González de Rivera, en su libro “Maltrato psicológico”, analiza el fenómeno de la mediocridad como uno de los causantes del maltrato al que sobresale. El mediocre es aquel incapaz de valorar, apreciar o admirar la excelencia; y el excelente es aquel capaz de reconocer y apreciar lo bueno, notable, brillante u original, sea o no el artífice del objeto apreciado. El esquema que propone diferencia 3 grados de mediocridad estando en el grado más alto los que padecen el síndrome de mediocridad inoperante (MIA). Según este psiquiatra, este tipo de personas están totalmente faltos de originalidad, aunque se las den de pseudocreativos (intentan aparentar y, sobretodo, procuran ser reconocidos), y se caracterizan por su agresividad contra aquel que atisbe una pizca de genialidad. Estos acosadores encarnan el espíritu que llevaron a la Inquisición a cometer tantos crímenes. Y es que los ejemplos de personajes geniales que fueron atacados por ser diferentes es interminable (desde Sócrates hasta Einstein pasando por Cervantes). Como dice el filósofo Aprile:

“La inteligencia es como la arena que se introduce en los engranajes: puede obstruir los mecanismos. El genio es subversivo no sólo porque en vez de aplicar la norma la discute, sino porque, en su actuación, bloquea el camino habitual de todo el sistema burocrático”.

Por eso:

“el poder de una organización social humana es tanto más fuerte cuanto mayor es la cantidad de inteligencia que logra destruir”.[2]


[1] Hannah Arendt, en “La condición humana”, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 2005

[2] “Elogio del imbécil”, de Pino Aprile, Ed. Booket, Barcelona, 2006

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5 comentarios leave one →
  1. marzo 24, 2011 11:33 am

    Me parece que esa apreciación de la “excelencia” (ese saber apreciar/reconocer la excelencia)es un eufemismo de lo “aristocrático” que tan bien se daba entre cortes, artistas y monarquías. Es una nostalgia estética por “lo verdadero”, “lo real”, “lo sublime”, remembranza que podemos situar históricamente en la segunda modernidad (la burguesa liberal e industrial) cuando se arrasa con la tradición y emerge la sociedad de masas (la industrializada, para enterdernos) con toda una jerarquía de valores nuevos.
    José Ingenieros, en su virulento libro “El hombre mediocre”, utiliza al “hombre común” (falto de originalidad, de moral, de talento) para reivindicar cierta aristocracia, cierta virtud, cierta santidad, que yace en ciertos hombres. Esto es una forma encubierta, solapada, casi que resentida, de querer volver a cierta jerarquía de tipos humanos, no tanto en clave racista, como sí en clave estamental (partición y valoración de actividades según un orden social o “pastelero a tus pasteles” per seculum seculorum).
    Desde un punto de vista histórico, en esta nostálgica fijación de ciertos estereotipos como los del “genio”, el “artista”, el “científico”, siempre cabe la posibilidad de que estos “genios” no hayan sido nada si no hubiera interferido en sus vidas esa inmunda canalla. Lo que nos haría ver las cosas desde otro punto de vista, más desde el suelo que desde el cielo.

  2. marzo 24, 2011 4:58 pm

    Yo prefiero hacer de este post una reflexión simple -para mí ya suficientemente profunda- de las causas y consecuencias de la envidia, de esa oscura emoción de odio, de ese desear el mal del otro, de las motivaciones del orgullo dolido. Y es desde la envidia del mediocre desde donde se percibiría que una persona es mejor que otra. Pero nada más, es sólo una percepción, una mala intepretación de la realidad.

    Partamos de que todos tenemos ambiciones, propósitos y metas, todos hacemos lo posible para hacer realidad nuestros objetivos, aquello que quizás consideramos que nos hará mejores personas o mejores profesionales. Sin embargo, no todos tenemos las mismas habilidades (comunicativas, sociales, racionales, imaginativas, emocionales, administrativas…), la misma suerte y los mismos recursos. No todos conseguimos lo que querríamos.

    Así pues, desde esta perspectiva menos politizada, el individuo excelente no es más que aquel que consigue pensar/hacer bien las cosas por mérito propio. En consecuencia, algunas personas carentes de habilidades fundamentales para el logro de sus ambiciones, cuando se topan con un indivuo que ha demostrado el dominio de estas habilidades, se muestran envidiosas y simplemente intentan perjudicar maquiavélicamente al individuo excelente. Así, incapaces de buscar la manera de desarrollar sus propias habilidades (quizás por no dirigir sus energías a lo que aspiran en el fondo), optan por buscar el fracaso de los habilidosos.

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