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‘Reflexiones sobre el conocimiento’

marzo 15, 2011

"- Investíguenme esto por favor..."

Es curioso pensar en el conocimiento desde una perspectiva objetiva. Aún con los problemas que esta etiqueta acarrea, podemos apartarnos de nuestros efectos culturales en cierta medida para observar como el conocimiento avanza y se da. Tal vez no podamos hacer un examen del todo objetivo, como digo, pero si acercarnos a una visión justa del avance científico-sapiencial que se viene dando desde hace siglos.

El conocimiento viene enmarcado en un ámbito particular. Un ámbito en el que no hay, aparentemente, más intenciones que las del propio desarrollo técnico-sapiencial. Pero esto verdaderamente no es así, sino que se trata de una máquina de producción versada en un único próposito, producir, producir, y producir más. ¿Y qué es aquello que desea producir? Pues formas de ganar dinero, de alimentar el mercado de las riquezas. Al ser humano le puede más el acumular riquezas que avanzar en el progreso.

Si fijamos la vista en los adelantos científicos  que desde hace siglos han marcado el devenir de la ciencia y el conocimiento, podemos observar los intereses que han condicionado su aparición y su estabilización en nuestra vida cotidiana. Sin ir más lejos, si hacemos una radiografía de la sociedad académica actual, podemos observar como se premia exclusivamente aquellas ideas o adelantos que aumenten la capacidad de producir riquezas. Por ejemplo, nuestros nuevos planes de estudios superiores eliminan de sus ofertas aquellos caminos sapienciales que no esten ligados a la producción de bienes. Es decir, líneas de investigación altruistas quedan relegadas al olvido. La libre cátedra ya no existe, existe por contra la cátedra de las empresas. Si una empresa necesita trabajadores con una cierta formación, ésta pondrá dinero en las universidades a costa de especializar los estudios de dichas facultades a sus intereses más directos. No hay intención de aprender por el hecho de aprender, sino de aprender para alimentar el mercado.

Esto le hace plantearse a uno, ¿la sociedad nutre el hambre de conocimiento que supuestamente posee el ser humano? No. La sociedad tiene hambre de dinero, de intereses mercantiles; y si la sociedad es uno de tantos productos derivados de la existencia de los hombres, cabe plantearse si esa hambre por conocer no es algo secundario ante el apetito desmedido de poseer, o como diría un Foucault reciclado a economista, de poder.

Es fácil pensar que un filósofo en cualquier época estaría bien visto y/o reclamado por sus facultades en favor de su labor a la sociedad, pero eso es algo que no tiene sentido si no unimos esa capacidad de pensar a producir riquezas. Hoy ser filósofo es síntoma de morirse de hambre, ya que el filósofo no es por definición un ente capitalista. Más bien, un ente crítico, y hoy las críticas debieran estar centradas en el ideal neoliberal que nos está carcomiendo. Por lo cual, esto es motivo más que suficiente para acabar de relegar el libre pensamiento a la oscuridad donde hoy se encuentra. Pensar alternativas, cambios, es algo que no le interesa a un sistema que necesita estabilidad a base de su conservadurismo. nuestro sistema, a diferencia de lo que decía Pierre Clastres, parece que el sistema de sociedades de hoy, desea más esa estabilidad que una el grupo que las sociedades ‘salvajes’ de sus estudios. Pero no digo esto desde una perspectiva inocente de la cultura, sino desde aquella que ve la cultura como la esclava de un discurso economicista.

Hay muchos ejemplos durante las historia que nos remiten y afirman esta situación. En el caso del papel, en sus inicios fue de vital importancia para la transmisión del conocimiento procurando el formato de los libros, pero no sé si en mayor medida contribuyó a la expansión de la economía,  ya que daba la posibilidad de emitir facturas, libros de cuentas, etc. Lo que aumentaba el horizonte de los mercados, que poco a poco dejaban de un lado el intercambio por la adquisición de bienes. Esta adquisición es lo que sucede con el conocimiento. Poseo tal decubrimiento que otro no, y me permite estar por delante. O poseo tal descubrimiento que ma hace adquirir lo que otro no puede adquirir. Además de esto, valoremos que quien en aquella época distribuía (si podemos llamarlo de esta forma) y regía el conocimiento eran los monasterios, en los cuales los poderosos abadeses decidían que conocimientos debían llegar o no al resto de los hombres. Seguramente, productos de mentes estrechas han sido lo que nos ha llegado de los saberes antiguos, y a saber si la lectura fidedigna de una obra auténtica de Platón sería muy distinta de la versión que hoy tenemos.

Otro caso explícito fue el de la iluminación del planeta, literalmente. La llegada de la electricidad introdujo la luz en las vidas de las personas, pero, ¿a qué precio? Al que ‘ellos’ quisieron y siguen queriendo (véase las progresivas subidas de la luz hoy en nuesta sociedad). La electricidad es una energía natural, que hemos aprendido a manejar y proporcionar. Pero antes de que Edison hiciese llegar la luz a los hogares, ya habían proyectos de científicos para hacerlo de una forma comunitaria y gratuita. Aunque esto no interesaba a quienes manejaban el mundo, que vieron en el nacimiento de esta nueva fuente energética la posibilidad de hacer aumentar sus arcas. Y el bueno de Edison era de ese pensamiento, mientras otros (como Tesla) creían en brindar esa energía de forma global dando a la gente  y haciendoles partícipes de lo que creían les pertenecía como habitantes de este mundo y sus respectivas cualidades.

Incluso valdría la pena recapacitar sobre la persecución de la alquimia y su extinción por parte de la iglesia. Si el mundo científico hubiese seguido aquellos extraordinarios, aunque poco conocidos, pasos podríamos hablar hoy de una ciencia completamente distina. Probablemente mucho más sostenible, con otros horizontes de progreso y más unida al plaenta. Pero no fue así, el temor, la desconfianza y el control del saber dominaron el avance de la ciencia en aquella época y lo condicionron hasta nuestros días. Lamentablemente estos casos se repiten durante la historia.

Así, ¿el mundo es acorde al devenir de los acontecimientos, o más bien, unos pocos han decidido ese devenir provocando X acontecimientos? Las decisiones han condicionado siempre el transcurso de la historia y de cómo ésta nos ha llegado e influenciado. Pero en algún momento alguien (el cual ya estará más que muerto) nos trajo aquí, y sólo nos queda ahora la posibilidad de fantasear a donde habríamos ido a parar con otras decisiones.

A modo de conclusión, recordemos que el conocimiento siempre ha estado supeditado a intereses secundarios que no el suyo propio. En la época clásica se trataba de algo exclusivo de la aristé, la cual lo manejaba a su antojo. También las creencias lo utilizaron para reafirmarse y demostrar que podían convivir con él -con la razón, tan distinta a la fe-, pese a ser dos ámbitos de naturalezas distintas. Incluso el mercado, el capital, ha controlado este mundo. Lo que me lleva a pensar: “¿Está el conocimiento al servicio del hombre, o está al servicio del poder -sea cual sea su forma- y de como éste lo quiera manejar?”.

Aquí os dejo esta cuestión para que os la planteéis. Tal vez después de pensar en esto veremos con ojos distintos a la ciencia, al conocimiento y el desarrollo de nuestra tecnología.

Posiblemente, Internet pueda marcar un antes y un después en este tema, pero por el momento, la trascendencia la marcan los billetes que hayan detrás.

 

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