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El Artista (Parte 03)

diciembre 12, 2010

 

El artista en la Historia del Arte: El Medievo.

(…) Siguiendo con lo propuesto, avanzaremos al siguiente bloque teórico de la historia del pensamiento estético y de la Idea, en este caso, el medioevo.

Con un verso de Mörike:

“Pero lo que es bello posee la bienaveturanza dentro de sí”,

entramos en la temática con un claro contraste respecto a las teorías estéticas platonistas, aristotélicas o neoplatonistas. Donde “la belleza visible no representa más que un reflejo de la invisible, y ésta, a su vez, solamente el reflejo de la Belleza absoluta”.

Esto mismo fue, sin problemas, aceptado por la primera filosofía cristiana. San Agustín, sin ir más lejos, reconoce que la Belleza de la obra de arte, sin ser únicamente inherente a lo fenoménico en us imitación, ésta se introduce en la obra desde donde habita –el interior del artista-, para de manera inmediata ser transferida a la materia. El artista es un mediador entre Dios y el mundo material, poniendo así de manifiesto la admiración por las formas bellas que el artista lleva dentro, aunque éstas no lleguen jamás a la real Belleza Invisible –divina e imperceptible, claro-. Estamos ante lo que más tarde se le atribuirá el nombre de Quasidea, como aquello que no llega del todo a la idea suprema, para evitar así la contradicción que generaría respecto a las cualidades únicamente divinas de ésta.

San Agustín, sólo tenía que sustituir el alma impersonal del mundo del neoplatonismo, por el Dios personal del cristianismo. Continuando con la concreción del pensamiento –intelecto- (y alabando, más si cabía, a Apolo). “Las ideas son prototipos (o principios originales de las cosas) inmutables y permanentes, que no han sido formados por sí mismos. Por tanto, son eternas, perduran siempre iguales en un mismo estado y yacen encerradas en el espíritu divino; y mientras que ellas mismas no nacen ni mueren, todo lo que nace y muere está, por así decirlo, hecho a su imagen y semejanza.” (San Agustín)

San Agustín, completa la evolución de la idea Platónica; a la que éste último, le da un sentido cosmológico, que después el primero, se lo otorgará teológico. Un proceso en el que la Idea, concepto “creado originariamente a legitimizar los actos del espíritu humano, es decir, a demostrar la posibilidad de un conocimiento necesariamente seguro y determinado, de acciones necesariamente buenas y morales, y de un amor a la belleza necesariamente puro y filosófico”.

De esta manera, con la doctrina de las Ideas, que surge como filosofía de la razón humana, se transforma en una lógica del pensamiento divino. Estipulando las bases para sacar fuera de este ámbito, lo fenoménico –lo Dionisíaco-; y levantar así un muro entre lo perceptible (entendido como posible engaño), con lo idealizado.

La escolástica, al igual que Platón, mostró por el problema del arte mucho menos interés que por el de lo Bello, que relacionaba con el problema del bien, convenciones ambas, según Santo Tomás, de origen divino. Por ejemplo, Santo Tomás nos dice enana disertación: “La forma de las cosas que de ser creadas debe tener un arquetipo (<<similittudo>>) en el que crea…”.

Aquí nace, en cierto modo como pretexto a la contradicción clásica que antes comentaba, el concepto  de Quasidea; ya que como el artista nunca estará en le estadio de divino creador, tampoco podrá poseer la totalidad de la Idea divina. Y para no confundir tampoco con la imitación, el concepto de Quasidea, justifica el grado superior del artista en su forma de admirar y plasmar lo Bello.

En la búsqueda de perfeccionar la Quasidea, las ciencias naturales –como el método experimental- toma partido del mundo estético. El claro ejemplo está en que si vemos el gótico y su arquitectura, encontramos: “las tres palabras: imagen, forma y figura, son una sola cosa”.

Dante, queriendo evitar intencionadamente la palabra Idea, resumió esta visión medieval del arte en una breve y lapidaria sentencia: “El arte se encuentra en tres fases: en el espíritu del artista, en el instrumento y en la materia que, a través de arte, recibe su forma.”

Hasta aquí una breve síntesis del pensamiento medieval, cambiemos de época. Si vemos pues, el ideario del Renacimiento, observamos que el proceso del artista de transformación en una especie de científico, ahora se acrecienta. En palabras de Panofsky podríamos decir que: “el arte era la imitación inmediata de la verdad”. Donde la verdad, cada vez más, se identificaba con los estandartes de la ciencia racional. Apartando del dicho camino a cualquier precepto que no fuese ella misma, la razón.

Cennino Cennini en un tratado recomienda al artista que si quiere pintar un paisaje montañoso, coja rocas y las pinte con las diferentes dimensiones e iluminación que sea capaz de recrear. Volviendo a las ideas de la Antigüedad, y apartándose en cierta medida del Neoplatonismo y la Edad Media, en el Renacimiento crece la idea de que la obra de arte había de ser una fiel copia de la realidad; y no sólo eso, sino que se eleva esto al panorama artístico. Así se podría decir que el Renacimiento el arte fue: el arte de copiar la realidad.

A la vez que este concepto de la imitación, el cual posee como postulado una absoluta fidelidad a lo real tanto formal como objetiva, fue completado con la idea de superación de la naturaleza. Haciendo valer el peso ganado por la idea, se cree que el intelecto humano puede ayudar a mejorar lo bello que se adquiere como ejemplo, de nuestro alrededor (naturaleza), otorgándole de esta manera, una categoría superior, como es en consideración el caso de la obra de arte. Se cree en la posibilidad de mejorar los ejemplos que la naturaleza nos brinda, tarea dispuesta para la idea; imperturbable, abstracta e infinita. Se cree superior la belleza ideable que la físicamente perceptible. Acentuándose, más aún, la asociación entre engaño y sentidos, reafirmando un alejamiento y menosprecio hacia el mundo fenoménico y sensible.

Esto explica que en esa adoración técnica del arte, se le diese cabida a la imaginación, a la fantasía, o como nos dice Panofsky: “a centauros, hadas y demás quimeras o criaturas inventivas”. El artista no puede ni debe conformarse con la diversidad de los objetos naturales, ya que ha de hacer uso de la capacidad de creación de Belleza, fuera de los estereotipos naturales. Buscando precisamente en las pantanosas y aparentemente claras, aguas del intelecto. Como decía Alberti: “el pintor debe no sólo alcanzar la semejanza en todas las partes, sino además añadir belleza, ya que en pintura la belleza no es menos agradable que necesaria”. De esta doble exigencia –de adaptarse directamente a la realidad, imitándola, y a la vez, corrigiéndola-, nace la mayor diferencia con las teorías medievales. El mundo sensible, claramente, queda relegado a un estadio inferior que al del intelecto humano. Oposición que según Panofsky surge: “extrayendo en cierto modo al objeto del mundo representativo interior del sujeto y asignándole un lugar en un mundo exterior sólidamente fundamentado, de tal forma que establece (como en la práctica artística la perspectiva) una distancia que al mismo tiempo objetiva al objeto y personifica al sujeto”.

He aquí como la relación sujeto-objeto (o viceversa), se fundamenta teóricamente, con el problema esencial de la relación entre ambos elementos como parte principal. Relación entre el yo y el mundo, entre receptividad y espontaneidad, entre Dionisos y Apolo. Así nace en concepto de “bella invenzione”, el cual evita las incorrecciones o contradicciones que el artista encuentra en el objeto. El artista ha de ser pues, fiel a la forma y objetividad de éste, como a su perspectiva, o conocimientos de anatomía, fisiología, o mecánica fisiológica.  (‘Idea’, Panofsky)

 

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