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Aristóteles y el Alma

octubre 12, 2010


El alma, esa construcción psíquica y mental en la que necesitamos creer; a lo mejor, por no aceptar nuestra caduca existencia, por esperar algo más de la vida, o tal vez, por creernos más de lo que somos a simple vista, por la necesidad intrínseca de un ser que urge de sentir lleno un interior que no es capaz de tocar con las yemas de sus dedos.

Pero sea por lo que sea, el alma ha recibido miles de nombres y atribuciones. Ni entre todas éstas, ni con todas, encontramos la definición ideal para darle un significado concreto. Es decir, con todo lo que se ha dicho de ella hasta ahora, no ha sido suficiente para delimitar o conceptualizar aquello que voy a tratar, el espíritu.

(…)

Para el filósofo macedonio un conocimiento del alma contribuye y va ligado al estudio del conjunto de saberes que refiere a la naturaleza. De esta manera, cita: “El alma es, en efecto, como el principio de los animales.”*[1]

Esta sentencia contiene implícitas varias cuestiones a tratar. Por ello pasemos a ver aquellas que Aristóteles nos plantea.

En primer lugar, ¿a qué género pertenece y qué es el alma? Si se trata de una entidad, una realidad individual, una cualidad, una cantidad o cualquier otra categoría. En segundo lugar, si es divisible o indivisible, y si todas las almas serían de una misma especie o no. Es decir, si las almas poseen en común los mismos elementos y propiedades o existen diferencias.

Entonces, si lo que sucediese es que hay muchas partes, deberíamos atender si se ha de estudiar el problema desde la totalidad de las mismas o desde cada una de ellas. Y por ende, si procede investigar primero las partes o bien sus actos.

Como también, si se dan afecciones fuera del cuerpo o del alma, y cabe pensar qué propiedades parecen corresponder al alma por naturaleza; y así mismo, cabrá estudiar si el alma es finita o inmortal, o, si su íntima ligadura al cuerpo le esposa para siempre con él.

(…)

Esta será una de las contraposiciones de Aristóteles con la perspectiva platónica. Platón fue el primero que quiso demostrar el carácter inmaterial del alma como garantía de su inmortalidad; según él existe una unión entre el alma y el cuerpo; articulada en funciones diversas. Para Aristóteles el alma no puede subsistir sin un cuerpo. En pocas palabras el alma no es esa exiliada de la que habla Platón, encerrada en un cuerpo con la nostalgia de despojarse para siempre de él; es ella la que asegura la armonía funcional de las funciones vitales.

“(…) y si esto es así, está claro que las afecciones son formas inherentes a la materia.”*[2]

(…)

El alma es una sustancia que informa y vivifica a un determinado cuerpo. Es definida como “el acto primero de un cuerpo que tiene la vida en potencia”. El alma es al cuerpo lo que el acto de la visión al órgano visual; es la realización final de la capacidad propia de un cuerpo orgánico. Así como cada instrumento tiene una función propia, que es el acto o actividad del instrumento, así el cuerpo como instrumento tiene la vida y el pensamiento como función; y el acto de esta función es el alma.

Aristóteles distingue tres funciones fundamentales del alma:

a) la función vegetativa, es decir la potencia nutritiva y reproductiva, propia de todos los seres vivientes, empezando por las plantas;

b) la función sensitiva, que comprende la sensibilidad y el movimiento y es propia de los animales y del hombre;

c) la función intelectiva, propia del hombre. Las funciones superiores pueden sustituir a las funciones inferiores; pero no viceversa; así en el hombre el alma intelectiva cumple también las funciones que son verificadas por la sensitiva en los animales, y la vegetativa en las plantas.

(…)

El hombre es concebido por Aristóteles de un modo hilemorfístico, es decir, como un compuesto de materia y forma. El cuerpo funciona como materia prima y el alma como forma sustancial. La unión existente entre alma y cuerpo es una unión sustancial. Si la unión accidental supone básicamente que los elementos unidos existen ya constituidos antes de la unión, la unión sustancial, por el contrario, constituye esos elementos y ella misma los hace existir. En la unión accidental, los elementos unidos persisten como siendo distintos y existiendo paralelamente; en la unión sustancial se fusionan en una unidad única. En ella alma y cuerpo marchan juntos en una unidad de operación, forman un único ser.

 

Conclusiones.

En una palabra, Aristóteles des-idealiza y materializa el alma platónica. La inmortalidad, expresión máxima de la espiritualidad del alma humana, parece mantenida por el discípulo sólo por respeto al maestro: “Habrá que convenir en todo caso en que si se da para Aristóteles una inmortalidad del alma, es ello en fuerza de su resabio platónico que le hace pensar en su alma espiritual a través del dualismo de aquél. Aristóteles, por su parte, no ha desarrollado ninguna prueba demostrativa propia de la inmortalidad del alma.”*[3]

Recordemos que aunque el análisis del “De Anima” es la parte psicológica de las diferentes ramas de la ciencia que Aristóteles trata en su vasta obra, este estudio es de un cariz completamente biológico. Ya que afronta la investigación del alma como una parte más de la física del estudio de los seres y la naturaleza.

Nietzsche decía, que dar con una verdad es como el cazador que tira a los pájaros. Éstos, los pájaros, en su totalidad eran cuando volaban ante nuestros ojos y así los percibíamos, una vez alcanzados, ese concepto, esa verdad, expiraba como la vida de sus órganos. No quiero plantear el hecho lingüístico de fijarnos en el nombre que recibe, o si debe modificarse acorde a la muerte del pájaro cazado, sino que hablo como todo aquello que componía ese pájaro. Ya que es esa totalidad la que no volverá a darse, esa totalidad ha sido transformada en otra cosa ya que no es lo mismo que era en su estadio anterior.

¿Y si el alma no fuese nada fuera de nosotros mismos? Y si esa alma que tanto se ha barajado como algo dependiente de un cuerpo pero de alguna forma separada, no fuese así; sino más bien, algo construido a partir de cada una de las partes que nos componen.

(…)

¿Y si el alma fuese la expresión del ego hacia nuestra propia especie, hacia lo que somos? Como un amor implacable con el que nacemos. Un sentimiento hacia lo que somos que necesita verse más allá, trascender, las barreras de lo fenomenológico. Como parte de esa conducta que desde siempre ha premiado la distinción entre lo humano y lo natural, alejándonos de plantas y animales, y de cualquier otra expresión. Situándonos en un pedestal quasidivino al que nada puede llegar.

Tal vez, el dominio de la técnica sobre la vida y la exaltación de la razón lógica-matemática nos haya transportado de una fe a otra. De la fe en lo más místico a la fe en nuestros, más que probables errores, conocimientos científicos. Como contraponía Aristóteles: “La memoria y el intelecto en el ser humano son la explosión de la potencia del alma en ser, y dejar de ser.”

Pero después de ver todo lo dicho hasta aquí, tenemos claro que las herramientas lógico-deductivas que usamos desde hace milenios para analizar y comprender el mundo, tal vez no sean suficientes para llegar a aquellas incógnitas que trascienden más allá de los muros forjados por el conocimiento humano. Por ello, baste este compendio de ideas para aproximarnos a un sintético estudio del alma.

Aquello que el ser humano no es capaz de tocar con sus dedos, ni ver con sus ojos, pero que después de miles de años de existencia, sigue teniendo la intuición irremediable de su presencia. Como cuando nos observan sin ver quien, y la sensación de la mirada ajena nos hace afirmar un suceso que ni vemos, pero que del todo lo sentimos tan seguros como que nosotros mismos somos.

Así, mientras me planteo analizar el alma, como decía Aristóteles, ya estoy haciendo uso de ella, ya estoy mirándola, por el placer de pensar y detenerme en ella.

“Sólo el alma es algo comparable a la capacidad de amar del ser humano”.



*[1] Aristóteles, De Anima; Libro I, Capítulo I.

*[2] Aristóteles, De Anima; Libro I, Capítulo II.

*[3] Giovanni Reale, Introducción a Aristóteles; Cap. IV. La Psicología.

 

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