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Petropo, el elefante explorador

enero 7, 2010

Era una vez un elefante llamado Petropo de orejas tan grandes como Dumbo. Petropo era del color del mar y hablaba en el idioma de los elefantes de la selva. Su voz era más suave y profunda que el ronquido de una ballena.

Gracias a sus grandes orejas, Petropo podía volar como un pájaro. Y como él era tan voluminoso y robusto, las águilas y los halcones no podían atacarle, así que no tenía miedo de nada. Era el rey de los cielos.

Petropo, durante años, había volado por todo el mundo.

Ningún animal sino sólo él había visto las doce montañas más altas del mundo, ni oído los oleajes de los cinco grandes océanos.

Jamás un solo animal había comido y saboreado exóticos frutos como la piña, el coco, el kiwi o las fresas; ni olido flores como las gardenias, las rosas, los claveles, los geranios o las margaritas.

Petropo, ahora ya anciano, era el animal más sabio de la selva.

Todos los seres vivos del mundo iban a ver a Petropo para preguntarle cosas como cómo curarse una pata rota, cómo evitar ser mordido por serpientes, cómo construir un nido más grande, cómo encontrar los alimentos preferidos…. A cambio de la ayuda de Petropo, era habitual que los animales trajeran alimentos y todo tipo de regalos.

Petropo tenía una casa dentro del tronco de una secuoya de cinco mil años y tan alta como un rascacielos. Siempre se sentaba en su trono de madera en lo alto de una de las anchas ramas del árbol y así podía ver todos los animales desde arriba.

Era un mediodía cualquiera de verano, la selva estaba tan llena de árboles que la calurosa luz del sol no llegaba al suelo. Los pájaros cantaban bonitas canciones y se respiraba un aroma muy agradable. Delante de la casa de Petropo había una larga cola de animales: dos cebras, ocho búfalos, tres leones, cinco hienas, un cocodrilo, doce halcones, una rana, muchas hormigas, tres grillos y a lo lejos… Petropo pudo ver dos animales que nunca había visto. Eran dos hermosísimas niñas con cuerpo de pez. Después de dos horas, cuando les llegó su turno ante el trono de Petropo, una de las niñas con cuerpo de pez dijo:

-Somos dos princesas de los mares. Yo soy la princesa Irina, del Reino de Neptuno, y ella es Aina, mi hermana, princesa del Reino de Sémele.
-Bienvenidas, yo soy Petropo, el sabio de la selva. Veo que sois medio humanas medio peces. ¿Queréis saber cómo solucionar los problemas de los peces?
-No – contestó la princesa Aina- nosotras…

Pero Petropo interrumpió a Aina y se apresuró a decir:
-¿Entonces queréis saber cómo solucionar los problemas de los humanos?
-No, tampoco, señor Petropo. Nuestros problemas son diferen…

Pero Petropo volvió a interrumpir a la princesa Aina y durante segundos, minutos y luego horas estuvo preguntando si tenían problemas en los ojos con la sal del mar, o con algunos temibles tiburones, o con los peligrosos pescadores, o en el colegio, o con sus amigos… Petropo estuvo así preguntando durante dos días acerca de los problemas típicos de los peces y los humanos. Constantemente, las princesas Irina y Aina intentaban hablar pero Petropo no las escuchaba. Petropo, acostumbrado a ver a un animal y saber qué le pasaba, no podía reconocer que no sabía qué problemas podían tener aquellas princesas.

Petropo, al final, ya a punto de desmayarse por el cansancio, les dijo enfadado:
-Y entonces, si no tenéis los problemas de un pez ni los de un ser humano… ¡No tenéis ningún problema! ¡Así que podéis marcharos!

Antes de que Aina e Irina se marcharan totalmente frustradas, la princesa Irina hizo un último comentario:

-Nos vamos, no porque no puedas resolver nuestros problemas sino porque no te has fijado que somos algo más que medio peces y medio humanas, somos la unión de estas dos partes: ¡somos sirenas!

Petropo, al escuchar esas palabras, se avergonzó profundamente y les dijo:

-¡Oh! ¡Lo siento mucho! ¡He sido tozudo y orgulloso! ¡Tenía que haberos preguntado y escuchado! Lo que he hecho ha sido tan inútil como querer solucionar los problemas de la arena mojada solucionando por separado los problemas del agua, por un lado, y los problemas de la arena seca, por otro. Pero… ¡La arena mojada siempre será algo más! ¡Con ella se pueden hacer magníficos castillos de arena! En cambio, con el agua sola no se puede y con la arena seca tampoco…

Y así, Petropo, volviendo a ser el explorador que había sido de joven, y esta vez sin tener que volar, miró y escuchó con atención durante horas lo que aquellas preciosas sirenas tenían que contarle y así, una vez que comprendió qué les pasaba, pudo ayudarlas gracias a su inmensa experiencia.

Las princesas Aina e Irina se marcharon a sus Reinos más felices que nunca y, antes de su partida, regalaron a Petropo un collar de perlas de nácar y un tesoro de un barco hundido. A partir de ese día, Petropo dejó de pensar que ya lo sabía todo y volvió a observar y escuchar a los animales. Así, durante años y años, aprendió muchas cosas nuevas que jamás hubiera imaginado y siempre mantuvo cariñosamente en el recuerdo el día que las princesas Irina y Aina visitaron su morada y le ayudaron a volver a ser lo que había sido siempre: un explorador.

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2 comentarios leave one →
  1. tothom! permalink
    mayo 5, 2011 12:02 am

    PETROPOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

  2. noviembre 27, 2011 10:06 pm

    Genial

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